DE FILOSOFIA Y COSAS PEORES

De filosofía y cosas peores

Michael Torresini

La filosofía nace desde la innata tendencia del hombre a explicarse lo que ve. Así empezó, con los primeros filósofos griegos. Ellos trataron de explicarlo todo de manera metódica y ordenada, pues las actividades arquetípicas de la filosofía son el pensar y el conocer. Pero al mismo tiempo el conocer es un principio propio de la ciencia y consiste en la aprehensión intelectual del objeto. El pensar, en cambio, implica permanecer en la cogitación, implica la atención al proceso de aprehensión. En una sociedad en la que todo el mundo cree intervenir en la realidad, los filósofos parecen ser los únicos que se limitan a interpretar lo real, pues filosofar es una actividad sin supuestos. La mirada religiosa mira al mundo porque en él cree ver a Dios o la manifestación de cualquier otro poder distinto del humano. La mirada científica está más hipotecada aun que la religiosa, porque siempre tiene supuestos necesarios acerca de un objeto. Me explico: tomemos cualquier ciencia, la química, la biología, la física o la que queréis, cuando se agrega un conocimiento nuevo a lo existente, se parte siempre desde esto, lo existente, lo que ya se sabía y que, por cuanto certero se crea, es siempre un conocimiento empírico, un conocimiento que brota desde la experiencia, la experiencia de un ser falible. Que es lo que llamo, creo atinadamente, supuesto. Voy a aclarar el concepto con un ejemplo, y voy a usar el ejemplo que más se usa durante el primer semestre de la carrera de filosofía: Hay una diferencia sustancial entre las dos siguientes aserciones: Los cuerpos son pesados, y los cuerpos son expandido. La primera aserción es conocimiento empírico, sale desde la experiencia del hombre, carece por completo de la seguridad, del acierto de la segunda, pues el mismo concepto de expansión es parte imprescindible para que un cuerpo exista. El mero concepto de cuerpo incluye su ocupación de espacio para existir. No necesitamos de la experiencia para saberlo. En cambio la primera ilación es frívola, sólo aplica en la tierra, pues algo que aquí pesa un kilo, en la luna pesa medio y en el espacio no pesa absolutamente nada. Razonar, es la tarea propia de la filosofía. Frente a la mirada del científico, se halla la del filósofo, que sólo dispone de un ojo: el de la razón y la facultad de ver, que en este contexto significa pensar.

Los primeros filósofos griegos trataron de dar una explicación a todos los fenómenos naturales, pues el asombro es el origen de la filosofía, la reacción más imparcial y sin prejuicios frente a algo radicalmente nuevo y desconocido. El filosofar toma esta reacción como punto de partida para proceder, porque pensar no es sólo registrar y el filósofo no se conforma con enterarse, desea entender. Y entender es rebajar el asombro sin que se altere nuestra capacidad de ver.

Hubo un tiempo en que la actividad filosófica y la científica fueron juntas de la mano, compartían el mismo propósito. Pero la ciencia fue devorada por sus propias respuestas, pues en el instante en que decide cauterizar el asombro se convierte en una máquina de neutralizar realidad. Sin embargo, a la filosofía no le importa que las cosas se le resistan, no le importa permanecer siempre en un asombro que se renueva perpetuamente. La filosofía quiere descubrir cuál es el mecanismo que rige la realidad, la llave que abre la inteligencia del mundo, pero no se desespera por no hallarla. Esto demuestra que lo que da que pensar excede lo que podemos hacer, y comprueba que los filósofos deberían seguir con su actividad de cribar los científicos, pasando su conocimiento a través de la criba de la lógica, depurándolo y alcanzando una veracidad más segura.

La historia es repletas de ejemplos de esto. Para poder eliminar algo de injusto, hay que entenderlo a cabalidad. Hasta a la revolución francesa, había tres categorías de gente: la nobleza, el clero y el vulgo, que prácticamente carecía de derechos-una prerrogativa de la nobleza y del clero. Los hombres del 1789 acabaron con todo esto en dos días con su formidable eversión. Y si es cierto que cortaron unas cuantas cabezas, es igual de cierto que la guillotina es indolora y que los muertos fueron mucho menos de cualquier otra revolución. (La más sangrienta siendo la de Mao Tse Tung-veinte millones de muertos) Y todo esto ¿Por qué? Porque la revolución francesa se hizo sobre los fundamentos de la razón, y no es ninguna coincidencia que se pasó hacia el final de siglo de la luz, el siglo de los grandes sistemas filosóficos, cuando Kant tenía 65 años, cuando el máximo racionalista, el hombre que nos enseñó a pensar correctamente, estaba en el pleno de su actividad.